sábado, 6 de septiembre de 2014

Los matices de las rutinas


9 de la mañana. El despertador no para de sonar y un día más, lo apago por tercera vez dándome cuenta que empiezo el día con el tiempo justo. Siempre con prisas, siempre corriendo, siempre posponiéndome. Me dirijo a la cocina y preparo el mismo desayuno de cada día, un café con mucha leche y a la vez con poco café junto con unas tostadas que nunca termino acabándome. Tengo sueño pero lo ahogo entre el humo de la taza de café y me visto con la mejor de mis sonrisas. De esas que van hacia fuera, de ese tipo de sonrisas que se proyectan en los ojos de los desconocidos. Aunque salgo con antelación siempre doy pasos rápidos para llegar incluso antes de lo previsto. Para saborear esos 5 minutos que me sobran antes de cualquier cosa, pero que nunca son suficientes. Minutos que parecen más cortos que otros minutos que encajan en otra parte del reloj. Y así cada día: después del sol, la luna, como si fuera poco.

Qué curioso el quejarnos de lo absurdas que son nuestras rutinas. Sí, tan absurdas y necesarias a la vez que podemos incluso llegar a extrañarlas en ciertos momentos de nuestras vidas.

Y cuando llega la hora de acostarme después de un día de rutina, pienso en ellos, en los matices. Esos que, por pequeñines que sean, pueden hacer que hoy no sea un dia cualquiera. Me niego a creer que las rutinas han sido creadas como justificación de nuestro conformismo. 

Yo me concentro en los matices. Los matices del color del café a las 9 de la mañana. Los matices del olor de las calles, los matices de las palabras que salen de mi y las que van hacia mi. Los matices de las sonrisas. 

Los matices que nos sorprenden y que incluso podemos encontrar en todo aquello que SÍ está previsto. 

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