martes, 3 de febrero de 2015

Perder el tren


Llevo una temporada desplazándome semanalmente entre provincia y provincia como quien juega al juego de la oca pero contando los saltos a escalas de kilómetros.

Aunque no es muy tedioso el camino que recorro en cada periódico viaje semanal, son muchas las horas que puedo dedicar a pensar. Aunque parezca ambiguo, a veces incluso debo pensar en tener tiempo para pensar. Y quién no, en esta sociedad nuestra, cada vez tiene menos tiempo para perder incluso el tiempo?

Aunque pueda parecer una metáfora por el mismo hecho de estarlo razonando en el mismo vagón de un tren... yo me pregunto repetidamente: ¿Por qué siempre nos han dicho que vamos a perder el tren? A caso hay que subirse a todos aquellos que pasen? Cuándo dejó de ser importante el destino y cuándo empezó a importar más que nunca el sólo hecho de subirse al tren?

Vamos a toda prisa, sin pensar en qué pensamos, qué queremos, qué es aquello que buscamos. Si es que en el fondo nos subimos al tren por llegar a cualquier parte, por sentirnos parte de algo, de alguien o de algún lugar. Solo queremos subirnos a un tren aunque sea sin equipaje y olvidamos que nuestras maletas son una parte muy importante de lo que nos conforma.

Yo que invierto bastantes de mis horas en pensar en pensar, no quiero subirme a más trenes que no me lleven a mi destino. Prefiero verlos pasar ante mi, prefiero esperar a mi tren, sin transbordos y sin escalas.  Y subirme de las ganas. 

Prefiero ir andando mientras pienso dónde quiero ir, andar, simplemente. 
Andar, andar, andar. 
Andar hasta cansarme de saberme a mi misma y, justo cuando sepa dónde voy, irme a la estación y subirme al tren. 
A mi tren.


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